Entre lo onírico y lo real


Hedía vive en una ciudad bulliciosa llena de ruido, luces y extraños. Aunque estaba rodeada de gente, siempre se sentía sola. Su rutina diaria consiste en subirse a un minibús lleno de gente y caminar entre la multitud hasta su pequeño apartamento en el centro de la ciudad. En su mundo es una persona sensible y frágil y le gusta mantener la guardia alta cuando interactúa con los demás. Cuando amó por primera vez, lo hizo con todas sus fuerzas y buscó en la persona que le diera todo: amor y protección. No obstante, su relación amorosa duró muy poco por ser dominante y absorbente.

Todos los fines de semana, tienden a abordar sus tareas con pasos lógicos y ordenados. En las horas de la mañana acompaña el tiempo por la ventana. Más tarde, cuando sale del apartamento, en su atuendo resalta los tonos grises y azules, y cuelga una hoja de mirto plateada alrededor de su cuello como talismán. Se dirige a la cooperativa de víveres, y después de comprar se dirige a su panadería favorita, Pan y Miel, donde le pide al mesonero una taza de café con un pequeño chorro de leche, un croissant y un vaso de zumo de naranja. Luego, se dirige a la iglesia de la Santísima Inmaculada, y le da un recorrido como de costumbre. Al salir, se persigna y pide tener un buen día. Como última parada, se dirige al parque ecológico. Al llegar a su banco favorito, comienza a leer durante varias horas su novela de ciencia ficción favorita.

En el anochecer, busca sentido a su realidad existencial aparente, solitaria y fragmentaria. Desde lo más recóndito de su mente surge su canto nocturno, existimos y rastreamos nuestra esencia a través de nuestras acciones y deseos. A veces la nostalgia la embarga al escuchar las risas de los vecinos de las veladas que realizan periódicamente en los pisos de arriba, lo que hace empeorar su soledad. Se siente como una extraña en su propio mundo, una piedra extraviada en un rompecabezas urbano. Su estilo de vida idealista se aparta de cualquier despilfarro o mal uso de su dinero.

En las noches, cuando Hedía va a dormir como de costumbre, se pierde en aynkara, un paisaje de ensueño. Sus cabellos reflejan una luz violeta y sus ojos brillan con una luz azul que desafía la realidad. Camina por un bosque que cambia de color según su estado de ánimo, y el suelo bajo sus pies parecía vibrar con energía mágica. Percibe que criaturas mágicas la observaban desde lejos con ojos curiosos y cuerpos estirados en formas increíbles.

Mientras Hedía explora ese extraño mundo, descubre que tiene el poder de moldear la realidad a su voluntad. Puede hacer que las montañas bailen con melodías suaves y puede hacer que los ríos fluyan en direcciones nunca antes vistas. Se siente conectada con cada elemento del paisaje surreal, como si fuera parte de un todo más grande y desconocido.

Flotando sobre un fénix azul, entra en un laberinto de espejos que reflejan una versión retorcida de sí misma. Se enfrenta a sus miedos más profundos y deseos ocultos en el reflejo de su alma. En cada espejo, ve una versión de sí misma de la que no sabía nada, pero que pensaba que era parte de sus profundidades. De igual forma, en el espejo se reflejaba un hombre sin rostro. Recordó el deseo de un romance intenso y apasionado que la acompañara en el parque para platicar sus sueños y esperanzas. Pero, en un santiamén, el deseo de amar intensamente, perdió la refulgencia del uno al otro. El tiempo derritió el reloj de la espera.

Al final del camino, se encontró parada en lo alto de una torre de cristal rodeada de nubes coloridas y estrellas titilantes. A partir de ahí, reflexionó sobre los mundos surreales que había explorado y se dio cuenta de que su imaginación no tenía límites ni obstáculos. Se sentía más libre que nunca, lista para descubrir las maravillas que la aguardaban más allá de este mundo de ensueño.

El canto de las bocinas de los vehículos la despertó en un umbral entre dos mundos: el onírico y el real, Reflexiono que el alma busca en los lugares más recónditos del tiempo y espacio, fragmentos de sueños y acciones vividas. En lo físico, conocimientos que se revelan en el ser, como una luz del día que se filtra por las aberturas de una ventana.

Luis Americo 

 

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