EL ROSTRO OCULTO DEL VIEJO MATIAS


Después de un día ajetreado con la comunidad el Resplandor. Me fui a casa con la idea de no ser molestado durante el resto del día. Mi hermana Soledad me entrego las correspondencias. Al revisarla, me encontré con la carta de mi amigo de la infancia, Matías Cornelio Solano. Cuando la abro, decía: "Ven rápido al pueblo, quiero platicar algo contigo". Pensé, platicar o confesar.

Matías y yo crecimos en un pequeño pueblo llamado el Valle del Crisol. Matías se caracterizaba por tener extrañas aficiones, como sumar amigos secretos que influían en su vida diaria y con quienes compartía en determinadas situaciones. Solía decir, como dice mi amigo Fulano… era distante con sus amigos. Desabrido en el trato, a excepción de mi persona. Pienso que fui su único y verdadero amigo. Lidiaba con sus emociones intensas. El trauma de haber sido abandonado por sus padres. Y por la huida de su gran pasión, Dionisia, con Claudio, el hijo del perfecto del pueblo.

Desde pequeño, Matías encontró en los libros un refugio y una fuente inagotable de aventuras. Leía todos los géneros, desde literatura clásica hasta novelas de ciencia ficción y poesía contemporánea. Tenía una costumbre muy especial: todas las mañanas, antes del amanecer, se sentaba en su sillón favorito junto a la ventana, con una taza de café humeante y un libro en la mano. A menudo iba a la biblioteca del pueblo. En verano visitaba a su tía Elena y pasaba el día en la biblioteca de la ciudad. Una vez le pregunté por qué le gustaba leer libros. Me reveló - me encanta perderme en las páginas, viajar a mundos lejanos y conocer personajes fascinantes. Gracias a sus conocimientos enciclopédicos y hábitos de lectura, se convirtió en una figura respetada en el pueblo.

En una oportunidad, me dijo una vez. Juancito, sabe lo que me gusta de tu amistad. Tu conexión con la naturaleza y el universo. Cómo entiendes el mundo y tu lugar en él. Por tu equilibrio y claridad mental. Creo que esto te permite conectarte con tu yo interior y con la energía que circula en el universo. Y, sobre todo, tu amabilidad y disposición para ayudar a los demás. Siempre tiene palabras de aliento o sabios consejos para quien te lo pide.

Nos separamos un mes de septiembre a finales de la década de los años cuarenta del siglo veinte. Un periodo marcado por eventos trascendentales que dejaron una profunda huella en la historia del pueblo. Muchos jóvenes tuvieron que emigrar para asumir responsabilidades laborales a una edad temprana para apoyar a sus familias. Ambos teníamos dieciocho años y con el certificado de bachiller.   

Matías se quedó en el pueblo, cuidando a su abuela Otilia y trabajando como ayudante de la farmacia del pueblo El Récipe. En cambio, me fui al seminario La Divina Pastora. Juramos por nuestra amistad y ayudarnos en cualquier circunstancia. Al despedirme me dijo - sabía que mi amigo Juan de Dios Barazarte iba a ser sacerdote. Enhorabuena. Seguiremos en contacto.

Después de cincuenta y dos años, regresó al pueblo. Es un pueblo enclavado entre verdes montañas, donde el aire siempre está perfumado con flores frescas y el sonido del río cercano. Cuando llegué parecía que el tiempo se había detenido. En el centro del pueblo hay una plaza con una fuente de mármol blanco, donde juegan los niños y los ancianos cuentan viejas historias. Calles adoquinadas entre jardines secretos y pequeñas tiendas de ropa, comida y licores. Los fines de semana, los comerciantes foráneos le dan vida al pueblo con sus puestos de frutas exóticas, mercancía seca, productos artesanales y el famoso pan artesanal de las Hermanas Rojitas. Los conterráneos son famosos por su amabilidad y hospitalidad; y siempre una historia para compartir.

Al alojarme en el hotel Dulce Sueño. Me dirige a su casa de estilo colonial, con paredes de adobe pintadas de blanco y un techo de tejas rojas. Al tocar la puerta de madera de roble. Una mujer de agradable rostro regordete me saludó con una leve sonrisa. Le pregunte por Matías. Don Matías se encuentra en el patio. Lleva días esperándolo. Se encontraba bajo la sombra de un majestuoso roble. Lo miré por un momento. Matías tenía una larga barba blanca que reflejaban el estilo distintivo de su época. Llevaba un sombrero de paja. Su vestimenta sencilla de tonos terrosos que se mezcla con el entorno natural. Junto a él, un libro abierto yacía sobre la hierba, sus páginas se balanceaban suavemente con el viento. Al verme, me sonrió con una expresión pacífica.

Al acercarme, Matías llamo a María. Con un chasquido de los dedos, le dijo: Trae la silla de extensión a Juancito. El Chiva Regal, hielo y dos vasos. Con ansiedad y angustia expreso - Juan, como pasa el tiempo. Como dice mi amigo Jeremías. El tiempo no pasa en vano. Cada ser humano tiene su historia que contar. Por un largo rato sin pronunciar nada. Nuestras miradas navegaban por el tiempo.

Bien Matías, es ¿una confesión de tus pecados mundanos porque siente que te vas a morir.? No juan, respondió, es una plática con un amigo. Alguien tiene que saber lo que te voy a relatar. No incluya a Dios. No tiene que nada que ver con lo que te voy a contar. Fueron mis amigos. Ya tú lo conoces.

Juancito hace mucho tiempo, durante cada mes del año, visitaba varias ciudades del país. El día escogido parecía que una niebla abrazaba las calles al caer la noche. Los habitantes vivían en un constante estado de inquietud; un miedo palpable se cernía sobre ellos debido a los misteriosos asesinatos que habían sucedido en los últimos meses. Nadie sabía quién era el responsable, pero todos lo llamaban El Fantasma.

Pero el Fantasma era mi amigo Jerónimo, un amante de las bibliotecas que disfrutaba de la tranquilidad que le ofrecían los libros. Tenía una fascinación especial por las obras de Poe y Agatha Christie, y pasaba horas sumergido en historias de suspenso y crimen. Sin embargo, cuando caía la noche, la fascinación se convertía en obsesión.

Jerónimo comenzaba a planificar sus crímenes con una precisión meticulosa. Siempre elegía a mujeres jóvenes; asesinaba entre aquellas que, a su parecer, merecían ser castigadas. A menudo dejaba una pista en la escena del crimen, un fragmento de un poema de Edgar Allan Poe.

A pesar de muchas investigaciones, no pudieron encontrarme. Excepto una detective llamada Esperanza, conocida por su astucia y dedicación, que se hizo cargo del caso. Estaba familiarizada con todos los patrones llevados a cabo por el Fantasma y comenzó a darse cuenta de que cada asesinato estaba relacionado con un libro específico. A medida que profundizaba en su investigación, Esperanza comenzó a sospechar que un bibliotecario podría estar involucrado. Dejé de matar durante unos años. Entonces reapareció Jerónimo con su jueguito de asesinato. Hoy debo decirles que Jerónimo se ha hecho viejo. Hace poco me decía: "nuestro tiempo de existencia puede ser un final, un candado, pero también puede ser una nueva génesis". Juancito, esta es la cara oculta de tu amigo Matías. ¿Qué harás con esta historia? Quede estupefacto. No lo podía creer.

 Autor: Luis Américo Salas Escobar

 

 

 

 

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